Dios es mi fortaleza y mi cántico

El Salmo 118 nos enseña que, aun cuando las dificultades intenten derribarnos, Dios continúa siendo nuestra fortaleza y salvación. Por eso, debemos aprender a confiar en Él y a levantar cánticos de liberación en medio de la angustia, reconociendo que su misericordia permanece para siempre.

Los Salmos pueden organizarse en diferentes categorías de acuerdo con su contenido y con los sentimientos que expresan. Encontramos salmos de adoración, gratitud, súplica, confianza, arrepentimiento, sabiduría y celebración. También existen salmos que describen momentos de profundo dolor, persecución o incertidumbre, en los cuales el escritor clama por la intervención y la justicia del Señor.

Dentro de esta colección de cánticos inspirados, el Salmo 118 ocupa un lugar especial. Se trata de una poderosa declaración de agradecimiento por la bondad, la misericordia y la salvación de Dios. Desde sus primeras palabras, el salmista invita al pueblo a reconocer que Jehová es bueno y que su misericordia permanece para siempre. No presenta la gratitud como una emoción pasajera, sino como una respuesta consciente ante las obras maravillosas del Señor.

Aunque el salmo no identifica directamente a su autor, su mensaje puede ser comprendido por todo creyente que haya experimentado la ayuda de Dios en medio del peligro. El escritor describe oposición, angustia, enemigos y amenazas reales. Sin embargo, ninguna de esas cosas logra apagar su confianza. Por el contrario, cada dificultad se convierte en una oportunidad para proclamar que el poder de Dios es mayor que la fuerza de los adversarios.

Dios no permanece indiferente ante nuestra angustia

Uno de los grandes consuelos que encontramos en las Escrituras es que Dios no está ausente cuando su pueblo atraviesa momentos difíciles. En ocasiones, el silencio o la duración de una prueba pueden hacernos pensar que el Señor se ha olvidado de nosotros. Las circunstancias parecen avanzar en dirección contraria a nuestras oraciones y sentimos que las fuerzas se agotan. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que su presencia no depende de lo que nuestros ojos pueden contemplar.

El mismo Dios que ayudó al salmista continúa teniendo poder para sostener a quienes confían en Él. Su carácter no cambia con el paso del tiempo. Él sigue siendo fiel, justo, misericordioso y poderoso. Aunque nosotros cambiamos de ánimo y muchas veces permitimos que el temor ocupe nuestra mente, Dios permanece firme y sus promesas no pierden su valor.

No debemos permitir que las dificultades nos hagan perder la sensibilidad espiritual para reconocer la compañía del Señor. Quizás no veamos inmediatamente la respuesta que esperamos, pero podemos tener la seguridad de que Dios conoce cada detalle de nuestra situación. Él sabe cuánto podemos soportar, escucha nuestras oraciones y obra de acuerdo con su perfecta sabiduría.

En lugar de interpretar la prueba como una señal de abandono, debemos contemplarla como una ocasión para depender más profundamente de Dios. Los momentos de debilidad revelan que no somos autosuficientes. Nos enseñan que nuestra seguridad no se encuentra en las posesiones, en la aprobación de las personas ni en nuestra capacidad para resolver cada problema. Nuestra verdadera seguridad se encuentra en aquel que gobierna todas las cosas.

Me empujaste con violencia, pero me ayudó Jehová

El salmista expresó con profunda gratitud las siguientes palabras:

13 Me empujaste con violencia para que cayese,
Pero me ayudó Jehová.

14 Mi fortaleza y mi cántico es JAH,
Y él me ha sido por salvación.

Salmo 118:13-14

La expresión «me empujaste con violencia» comunica la intensidad del ataque que estaba enfrentando. No se trataba de una dificultad pequeña ni de una simple incomodidad. Había una intención clara de hacerlo caer. Sus adversarios querían verlo derrotado, sin fuerzas y sin posibilidad de levantarse nuevamente. A pesar de ello, el salmista no concentra toda su atención en la violencia de sus enemigos, sino en la intervención de Dios.

Después de mencionar el empujón, declara inmediatamente: «Pero me ayudó Jehová». Ese «pero» marca una diferencia definitiva. Los enemigos empujaron, pero Dios sostuvo. Las circunstancias amenazaron con destruirlo, pero el Señor no permitió que alcanzaran su propósito final. La oposición era verdadera, pero también lo era la ayuda divina.

Esta declaración también puede convertirse en nuestro testimonio. Podemos recordar ocasiones en las que las dificultades parecían demasiado grandes. Tal vez atravesamos una enfermedad, una pérdida, una crisis familiar, una decepción profunda o una etapa de incertidumbre económica. Quizás algunas personas hablaron injustamente de nosotros o intentaron perjudicarnos. En esos momentos sentimos que estábamos siendo empujados hacia el suelo, pero la gracia del Señor nos mantuvo en pie.

La ayuda de Dios no siempre significa que evitaremos toda experiencia dolorosa. El salmista fue empujado; sintió la presión y estuvo cerca de caer. Sin embargo, no quedó abandonado. De igual manera, el Señor puede permitir que atravesemos situaciones que prueben nuestra fe, pero nunca deja de gobernar sobre ellas. La prueba puede sacudirnos, pero no puede separarnos del cuidado de Dios.

El Señor es nuestra verdadera fortaleza

Después de reconocer la ayuda recibida, el salmista declara: «Mi fortaleza y mi cántico es JAH». Estas palabras muestran que Dios no solamente le dio fuerzas, sino que Él mismo era su fortaleza. Existe una gran diferencia entre pedirle al Señor algún recurso y comprender que el propio Señor es el recurso supremo del creyente.

Con frecuencia buscamos seguridad en cosas que pueden desaparecer. Confiamos en nuestros conocimientos, recursos económicos, amistades, capacidades o planes personales. Ninguna de esas cosas es necesariamente mala, pero todas son limitadas. La salud puede debilitarse, los recursos pueden disminuir y las personas pueden fallarnos. Dios, en cambio, permanece para siempre.

Cuando afirmamos que el Señor es nuestra fortaleza, estamos confesando que dependemos de Él para continuar. Reconocemos que nuestra perseverancia no proviene únicamente de una voluntad humana fuerte. Es Dios quien renueva nuestras fuerzas, sostiene nuestra fe y nos da ánimo para levantarnos después de cada caída.

Esto no significa que el creyente nunca experimentará cansancio. Los hombres y mujeres de la Biblia también conocieron el temor, la tristeza y el agotamiento. La diferencia es que no tuvieron que permanecer para siempre bajo el dominio de esas emociones. Aprendieron a llevar su debilidad delante del Señor y a encontrar descanso en su presencia.

Cuando nuestra mente se llena de pensamientos negativos, debemos recordar quién es Dios. Cuando el temor nos dice que todo terminará mal, debemos responder con las promesas de la Palabra. Cuando sentimos que no podemos continuar, debemos acercarnos al Señor en oración. Nuestra fortaleza no consiste en negar el dolor, sino en apoyarnos en Dios mientras lo atravesamos.

Dios convierte la angustia en un cántico

Resulta significativo que el salmista llame a Dios no solamente su fortaleza, sino también su cántico. La ayuda del Señor produjo adoración en su corazón. Después de experimentar la liberación, no quiso atribuirse el mérito ni guardar silencio. Su respuesta fue cantar y reconocer públicamente que la victoria pertenecía a Jehová.

La alabanza cristiana no debe limitarse a los días en los que todo marcha como deseamos. Ciertamente es natural cantar cuando recibimos una respuesta favorable, pero también podemos adorar mientras esperamos. La alabanza en medio de la dificultad es una declaración de fe. Con ella reconocemos que Dios sigue siendo digno, aunque todavía no comprendamos lo que está haciendo.

Muchos salmos comienzan con preguntas, lágrimas o lamentos y terminan con expresiones de confianza. Esto no significa que el problema haya desaparecido inmediatamente. Significa que la mirada del salmista cambió de dirección. Primero contemplaba la magnitud de su aflicción; después recordó la grandeza de su Dios. De manera semejante, nosotros podemos decidir que la preocupación no tendrá la última palabra.

Cantar también nos ayuda a recordar la fidelidad del Señor. Una canción basada en la Biblia puede traer a nuestra memoria verdades que el desánimo intentaba ocultar. Al proclamar que Dios es bueno, poderoso y misericordioso, nuestro corazón vuelve a encontrar una base firme. Por eso, en tiempos de dolor, podemos decir como el salmista: «Cantaré a mi Dios porque me ha hecho bien».

No alabamos porque ignoremos la realidad, sino porque conocemos una realidad superior: Dios gobierna sobre todo lo que ocurre. Las circunstancias pueden cambiar de un día para otro, pero su trono permanece. Los seres humanos pueden incumplir sus palabras, pero las promesas del Señor son seguras.

Él me ha sido por salvación

La frase «Él me ha sido por salvación» resume la experiencia del salmista. No afirma simplemente que Dios le mostró un camino de escape, sino que reconoce al Señor como el origen de su salvación. Fue Dios quien intervino, sostuvo, defendió y libró. Por tanto, toda la gloria debía ser dada a Él.

En muchas ocasiones pedimos la ayuda de Dios, pero después de recibirla podemos sentir la tentación de atribuir el resultado a nuestra propia inteligencia. El Salmo 118 corrige esa actitud. Nos enseña a reconocer que, aun cuando Dios utilice medios humanos, oportunidades o personas, la fuente final de toda buena dádiva continúa siendo Él.

Cada creyente tiene motivos para agradecer. Quizás algunas respuestas fueron evidentes y sorprendentes. Otras veces, la protección de Dios ocurrió sin que llegáramos a conocer el peligro del cual fuimos librados. Además, diariamente recibimos vida, alimento, fuerzas y oportunidades que muchas veces consideramos normales. Un corazón espiritualmente despierto aprende a reconocer estas expresiones de la bondad divina.

Sin embargo, la mayor salvación que Dios ha concedido no es solamente la liberación de problemas temporales. Nuestra necesidad principal era ser reconciliados con Él. Por causa del pecado estábamos separados de Dios y no podíamos salvarnos mediante nuestras propias obras. El Señor manifestó su gracia enviando a Jesucristo, quien llevó sobre sí el castigo que merecíamos y abrió el camino de la reconciliación.

Por eso, cuando el creyente habla de salvación, mira más allá de una solución momentánea. Reconoce que en Cristo ha recibido perdón, vida eterna y una esperanza que la muerte no puede destruir. Podemos atravesar pérdidas en este mundo sin perder el tesoro eterno que Dios nos ha concedido en su Hijo.

La piedra rechazada se convirtió en la principal

Más adelante, el Salmo 118 contiene una de sus declaraciones más conocidas:

La piedra que desecharon los edificadores
Ha venido a ser cabeza del ángulo.

De parte de Jehová es esto,
Y es cosa maravillosa a nuestros ojos.

Salmo 118:22-23

La imagen describe una piedra examinada y rechazada por los edificadores, pero que posteriormente ocupa el lugar principal de la construcción. En el Nuevo Testamento, estas palabras se aplican a Jesucristo. Él fue rechazado por muchos líderes de su tiempo, despreciado, condenado y crucificado. Sin embargo, Dios lo levantó de los muertos y lo estableció como el fundamento de la salvación.

Lo que parecía una derrota se convirtió en la manifestación más gloriosa del plan divino. La cruz no fue el final de Cristo, sino el medio por el cual llevó nuestros pecados. La tumba tampoco pudo retenerlo. Al tercer día resucitó, demostrando que tiene poder sobre el pecado y la muerte.

Esta verdad fortalece nuestra confianza. Si Dios convirtió el rechazo de Cristo en el cumplimiento de su propósito redentor, también puede obrar por encima de las circunstancias que nosotros no entendemos. Esto no quiere decir que cada experiencia será sencilla, sino que ninguna puede frustrar el plan soberano del Señor.

Jesucristo es la piedra principal sobre la cual debe descansar nuestra vida. No podemos construir una fe estable sobre emociones pasajeras, experiencias personales o enseñanzas humanas. Todo debe ser examinado a la luz de Cristo y de su Palabra. Él es el fundamento seguro que permanece cuando todo lo demás es sacudido.

Este es el día que hizo Jehová

Otra expresión ampliamente conocida del Salmo 118 aparece en el versículo 24:

Este es el día que hizo Jehová;
Nos gozaremos y alegraremos en él.

Salmo 118:24

Estas palabras no son una invitación a ignorar los problemas. El mismo salmo menciona enemigos, angustia y peligro. Sin embargo, en medio de esa realidad, el escritor decide reconocer que el día continúa perteneciendo a Dios. El Señor no pierde el control cuando aparecen las pruebas. Cada jornada se desarrolla bajo su autoridad.

El gozo bíblico no depende exclusivamente de que todas las circunstancias sean agradables. Es posible experimentar tristeza y, al mismo tiempo, conservar esperanza en Dios. Podemos llorar por una situación difícil sin dejar de reconocer que el Señor es bueno. El gozo cristiano se sostiene en el carácter de Dios y no solamente en las condiciones externas.

Cada nuevo día es una oportunidad para buscar al Señor, agradecer por su misericordia y caminar en obediencia. En vez de comenzar la mañana dominados por la preocupación, podemos presentarnos ante Dios con oración y acción de gracias. La Escritura nos anima a entrar por sus puertas con un corazón agradecido, reconociendo que todo lo que poseemos proviene de su mano.

Quizás el día no se desarrollará como habíamos planeado. Pueden surgir noticias inesperadas, retrasos, desacuerdos o responsabilidades agotadoras. A pesar de ello, podemos pedirle a Dios sabiduría para responder correctamente. Cada situación puede convertirse en una oportunidad para mostrar paciencia, fe, compasión y dominio propio.

Su misericordia permanece para siempre

El Salmo 118 comienza y termina con la misma declaración: «Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia». Esta repetición muestra que la misericordia divina es uno de los temas centrales del cántico. El salmista podía hablar de liberación porque primero había conocido a un Dios misericordioso.

La misericordia de Dios significa que Él trata con compasión a personas que no podrían presentarse delante de Él basándose en sus propios méritos. No recibimos su favor porque seamos perfectos, sino porque Él es bondadoso. Esta verdad debe producir humildad. Nadie puede jactarse delante del Señor como si hubiera ganado su gracia.

También debe producir gratitud. Cuando comprendemos cuánto hemos sido perdonados, nuestra adoración deja de ser rutinaria. Ya no cantamos únicamente por costumbre, sino porque sabemos que Dios tuvo compasión de nosotros. Cada palabra de alabanza se convierte en una respuesta al amor que hemos recibido.

La misericordia del Señor no se agota cuando atravesamos una mala temporada. Tampoco desaparece cuando cometemos un error y acudimos a Él con verdadero arrepentimiento. Dios corrige a sus hijos, pero no deja de amarlos. Su disciplina tiene el propósito de restaurarnos y conducirnos nuevamente por el camino correcto.

Por esta razón, aun después de fallar, no debemos huir de la presencia de Dios. Debemos confesar nuestro pecado, pedir perdón y confiar en su gracia. El enemigo puede intentar convencernos de que ya no hay esperanza, pero la Palabra declara que la misericordia del Señor permanece. Tenemos suficientes motivos para alabar a Dios por su misericordia y fidelidad.

Cómo responder cuando sentimos que estamos cayendo

Cuando sentimos que las circunstancias nos empujan, nuestra primera respuesta debe ser acudir a Dios. La oración no debe verse como el último recurso después de haber agotado todas las alternativas, sino como la expresión natural de nuestra dependencia. Podemos hablar con sinceridad delante del Señor, presentándole nuestros temores, preguntas y necesidades.

También debemos recordar lo que Dios ha hecho anteriormente. La memoria espiritual es una herramienta poderosa contra el desánimo. Al repasar las ocasiones en las que el Señor nos sostuvo, encontramos razones para confiar nuevamente. El Dios que fue fiel ayer no ha perdido su poder hoy.

Además, necesitamos permanecer cerca de la Palabra. Las emociones cambian rápidamente y pueden llevarnos a conclusiones equivocadas. La Biblia, en cambio, nos proporciona una verdad estable. Cuando nuestra mente se llena de las promesas de Dios, aprendemos a interpretar las circunstancias desde una perspectiva diferente.

La comunión con otros creyentes también resulta importante. Dios puede utilizar una conversación, una oración, una enseñanza o una palabra de ánimo para fortalecernos. No debemos aislarnos cuando enfrentamos una prueba. El aislamiento suele aumentar la sensación de desesperanza, mientras que la comunión bíblica nos recuerda que pertenecemos a un cuerpo.

Finalmente, debemos continuar alabando. Tal vez no tengamos fuerzas para entonar un cántico extenso, pero podemos pronunciar una sencilla confesión: «Señor, Tú eres mi fortaleza». La adoración sincera no se mide por el volumen de la voz, sino por la fe y la verdad que existen en el corazón.

Dios puede levantarte nuevamente

El mensaje del Salmo 118 sigue siendo pertinente para nosotros. Es posible que hoy te sientas empujado por problemas que parecen llegar al mismo tiempo. Quizás has experimentado rechazo, cansancio, incertidumbre o una decepción que todavía produce dolor. No debes negar lo que sientes, pero tampoco debes permitir que ese sentimiento determine el final de tu historia.

El salmista estuvo cerca de caer, pero pudo decir: «Me ayudó Jehová». Esa misma confesión puede surgir de tus labios. Dios tiene poder para sostenerte, darte sabiduría y abrir un camino conforme a su voluntad. Puede que su respuesta sea diferente de lo que imaginabas, pero nunca será inferior a lo que su perfecta sabiduría ha determinado.

Cuando las fuerzas humanas terminan, la gracia de Dios continúa siendo suficiente. Cuando las puertas parecen cerrarse, Él sigue gobernando. Cuando otros no comprenden tu dolor, el Señor conoce completamente tu corazón. No existe una lágrima que pase inadvertida delante de Dios.

Por tanto, no permitas que el temor apague tu cántico. Recuerda que tu seguridad no depende de la ausencia de enemigos, sino de la presencia del Señor. Aunque seas empujado, Dios puede impedir que seas destruido. Aunque atravieses un valle oscuro, Él continúa siendo tu Pastor.

Conclusión

El Salmo 118 es una invitación a mirar más allá de la fuerza de los adversarios y contemplar el poder del Señor. Nos enseña que podemos sentir la presión de la prueba sin quedar definitivamente derrotados. Los enemigos pueden empujar, las circunstancias pueden cambiar y nuestras fuerzas pueden disminuir, pero Dios permanece como nuestra fortaleza, nuestro cántico y nuestra salvación.

La respuesta correcta ante esta verdad es la gratitud. Debemos alabar al Señor por las liberaciones que ya hemos visto, por las oraciones que ha contestado y también por las veces que nos protegió sin que llegáramos a comprenderlo. Sobre todo, debemos agradecer por Jesucristo, la piedra principal, mediante quien hemos recibido una salvación eterna.

Así que, sin importar cuán grande parezca la batalla, recuerda que Dios continúa siendo tu ayuda. Si otros empujan para verte caer, el Señor puede sostenerte. Si el miedo intenta paralizarte, Él puede renovar tus fuerzas. Si el desánimo quiere apagar tu voz, permite que Dios vuelva a ser tu cántico.

Que en cada circunstancia puedas declarar con la misma seguridad del salmista: «Mi fortaleza y mi cántico es JAH, y Él me ha sido por salvación». Alaba a Jehová porque Él es bueno, porque su misericordia no termina con nuestras dificultades, sino que permanece para siempre.

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3 comments on “Dios es mi fortaleza y mi cántico

  1. Señor, Tú eres mi fortaleza, mi esperanza. En mis días oscuros, eres mi luz, mi fuerza.
    A quién temeré. Tú eres mi guardador. Bendito sea tu nombre.

  2. Buen día!
    Gracias mi Dios por este presente en cada momento en mi vida y la de los míos. Gracias por tus bendiciones, protección y cuidados.
    Tu eres el único a quien acudir que con certeza nunca nos defraudará, en ti y solo en ti confío plenamente. No permitas que me suelte de tu mano por ningún motivo ya que tú eres el único que me guiará y llevará por el camino correcto.
    Alabado por siempre sea tu nombre. Es mi deseo y oración en esta mañana.
    ***Precioso artículo! Mil gracias por crearlo y compartirlo. Dios les ilumine y bendiga.

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