Alabemos porque la venida de nuestro Rey se acerca

Estemos gozosos en todo momento, no importando las circunstancias que enfrentemos, porque el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Cada día debemos vivir agradecidos con Dios, glorificando Su santo y bendito nombre, reconociendo que toda buena dádiva y todo don perfecto provienen de Él. Que nuestras vidas sean una continua expresión de adoración, de gratitud y de esperanza. Vivamos cada día con alegría, esperando con anhelo aquel glorioso día en que nuestro Señor será manifestado en gloria. Que cuando Él venga, nos halle adorando Su nombre con corazones fieles y llenos de fe.

Demos alabanzas al Señor, porque pronto estaremos celebrando con Él en los cielos, unidos a millones de voces que proclamarán Su grandeza. Allí no habrá más llanto ni dolor, solo adoración eterna ante el trono del Rey de reyes y Señor de señores. No permitamos que el enemigo apague el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo. Ese gozo que tenemos dentro es un regalo divino, una señal de que Su presencia habita en nosotros. Por eso, seamos sabios, mantengamos encendido el fuego del Espíritu, y ofrezcamos a Dios alabanzas en todo tiempo, porque Él es digno de recibir honor, gloria y adoración por los siglos de los siglos.

Adoremos a nuestro soberano y grande Dios, postrémonos delante de Su majestad reconociendo Su poder infinito y Su amor inmensurable. Él nos ha hecho verdaderos adoradores, llamados a adorarle en espíritu y en verdad. Que cada palabra que pronunciamos, cada acto de obediencia y cada pensamiento sean una ofrenda agradable ante Él. A veces el mundo intenta distraernos con sus preocupaciones, pero los hijos de Dios saben que su verdadera alegría no está en las cosas terrenales, sino en el Señor que los salvó. Por eso, aun en medio de las pruebas, alabamos a nuestro Dios, porque Su presencia transforma la tristeza en gozo y la debilidad en fortaleza. Él es fiel y Su misericordia permanece para siempre.

Debemos estar siempre preparados, porque la Biblia nos enseña que no sabemos el día ni la hora en que nuestro Señor vendrá. Solo el Padre celestial conoce ese momento, y por eso nos llama a vivir en constante vigilancia espiritual, siendo diligentes en nuestra fe, firmes en la esperanza y perseverantes en la oración. No se trata solo de esperar Su venida, sino de vivir cada día como si ese gran acontecimiento fuera hoy. Estar preparados significa obedecer Su Palabra, amarle con sinceridad y compartir Su mensaje de salvación con los demás. Alabemos a Dios, porque Su gloria ilumina nuestro camino y Sus promesas nos fortalecen para mantenernos fieles hasta el final.

El evangelio de Lucas nos recuerda la magnitud de ese gran día:

Porque como el relámpago que al fulgurar resplandece desde un extremo del cielo hasta el otro, así también será el Hijo del Hombre en su día.

Lucas 17:24

Estas palabras de Jesús nos muestran cuán gloriosa y visible será Su segunda venida. No será un acontecimiento oculto o silencioso, sino una manifestación de poder y majestad que todos verán. Así como el relámpago ilumina todo el cielo, así será la venida del Hijo del Hombre: rápida, repentina y resplandeciente. Para los que le esperan con fe, será un día de gozo y redención; para los que le rechazaron, será un día de gran temor y asombro. Por eso, la Palabra nos exhorta a estar vigilantes, a mantener nuestras lámparas encendidas y a velar en oración.

No hay tiempo que perder. Es ahora cuando debemos buscar más de Dios, fortalecer nuestra fe y caminar conforme a Su Palabra. No dejemos que el sueño espiritual o la distracción del mundo nos aparten de nuestra verdadera esperanza. Cristo volverá, y Su recompensa estará con Él. Por tanto, vivamos en santidad, con corazones agradecidos y llenos de gozo, esperando el día en que escucharemos Su voz decir: “Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor”. Amén.

Alabanza por los hechos poderosos de Dios, reconoced Sus obras
Tengo paz cuando canto al Señor

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