Con mi boca, con mis manos, hasta con mis pies debo alabar a Dios, que todo mi ser rinda a Dios cánticos de alabanzas y glorifiquemos a Dios por su gran misericordia y por su bondad.

Al Señor debemos dirigir nuestro canto, no hay otro que merezca nuestras alabanzas sino Dios que vive para siempre. Dios es el único que nos alcanzó con su salvación, nos dio vida eterna, por eso debemos enaltecerlo todos los días.

¿A quién debemos rendir nuestras alabanzas sino a Dios? Él es quien merece que nos postremos delante de Él, que pronunciemos Su victoria y Su gloria, Él controla todo, Dios es poderoso y valiente, Él es Dios.

1 A ti alcé mis ojos,
A ti que habitas en los cielos.

2 He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores,
Y como los ojos de la sierva a la mano de su señora,
Así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios,
Hasta que tenga misericordia de nosotros.

Salmos 123:1-2

Claramente podemos observar estas palabras del autor, hablando de Dios, este dedica una canción gradual delante a Dios, con palabras de honra, pero que también es una plegaria pidiendo misericordia tal como lo dice este verso 2 de este capítulo.

Podemos alabar solamente a Dios, mostrar amor del corazón hacia Él, cantar en Su nombre. Dios habita en los cielos, no hay otro como Él, bajo su morada y su poder moramos. Por esta razón demos gracias, miremos sólo a nuestro Dios y sintámonos regocijados en su presencia cantando himnos a Él.

Escucha esta hermosa alabanza

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