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Alabar a Dios en todo tiempo

Alabar al Señor en todo tiempo es el llamado de todo ser humano que respira. Cada respiro es evidencia de que Dios es poderoso y reina para siempre. Por eso, alabarle voluntariamente desde lo profundo de nuestro corazón no es solo un acto espiritual, sino una respuesta natural de gratitud y obediencia.

Con un corazón humillado y sometido ante el trono de nuestro Dios, somos llamados a alabarle sin reservas, porque Él es digno de toda gloria y alabanza. No hay circunstancia que limite su grandeza ni razón que anule su dignidad. Es por eso que a continuación meditamos en lo que expresa el salmista en el Salmo 34, versículo 1:

Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca.

Salmos 34:1

Así, con total claridad y convicción, el salmista David declara que su boca bendecirá al Señor en todo tiempo y que su alabanza nunca cesará. Esta afirmación no es una simple frase poética, sino una verdad respaldada por su vida. A lo largo de sus escritos podemos ver que David nunca dejó de aclamar el nombre del Señor.

En medio de las aflicciones, siempre hubo una alabanza en su corazón. David clamaba a Dios para que lo fortaleciera en cada momento y entendía que no existía circunstancia, buena o adversa, en la que dejara de glorificar al Dios Todopoderoso. Él sabía que, aun en medio del dolor, Dios seguía estando con él.

Este salmo fue escrito después de que David escapara del rey Aquis. Tras experimentar la protección divina, el salmista proclama con seguridad que bendecirá al Señor en todo tiempo. Sin embargo, es importante recordar que esta no fue la primera ni la última batalla de su vida. David fue librado en muchas ocasiones, y en todas ellas su confianza permaneció firme en Dios.

En cada etapa de la vida del salmista hubo alabanza y adoración genuina. Su gratitud y confianza estaban completamente sustentadas en el Señor. Esa seguridad interior es la razón por la cual vemos que la alabanza nunca cesaba en su boca.

De igual manera, en nuestra propia trayectoria de vida enfrentaremos diversas situaciones. Algunas serán favorables, otras dolorosas. Pero debemos tener siempre presente que Dios está de nuestro lado. Por eso, nuestras alabanzas no deben depender de las circunstancias ni apagarse cuando llegan las dificultades. El Salmo 34 es un claro ejemplo de esta verdad.

Alabar a Dios en todo tiempo no significa ignorar el dolor ni negar las luchas que enfrentamos, sino reconocer que aun en medio de ellas Dios sigue siendo soberano. La alabanza no depende de lo que vivimos, sino de la fe que tenemos en Él. David entendió esta verdad profundamente: cuando huía, cuando lloraba, cuando era perseguido o cuando celebraba una victoria, su corazón seguía inclinado a exaltar al Señor.

Muchas veces el creyente cae en el error de alabar solo cuando todo va bien. Sin embargo, el Salmo 34 nos enseña que la verdadera adoración nace en los momentos difíciles. Es allí donde nuestra fe es probada y donde nuestra alabanza se convierte en una declaración de confianza absoluta en Dios. David no alababa porque todo fuera perfecto, sino porque sabía quién era su Dios.

La alabanza constante transforma nuestro interior. Cuando decidimos bendecir al Señor en todo tiempo, nuestro corazón se fortalece, nuestra mente se renueva y nuestro espíritu se afirma. Alabar a Dios nos recuerda que no estamos solos, que Él pelea nuestras batallas y que su fidelidad permanece aun cuando nosotros flaqueamos.

Así como David levantó su voz para bendecir al Señor, también nosotros estamos llamados a hacer de la alabanza un estilo de vida. Que nuestras bocas declaren su grandeza en cada estación, en cada prueba y en cada victoria. Porque cuando alabamos a Dios en todo tiempo, proclamamos al mundo que Él sigue siendo digno, poderoso y fiel para siempre.

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